DESALACIÓN Y REÚSO SE CONSOLIDAN COMO BARRERAS TÉCNICAS FRENTE AL RIESGO DE DESASTRES CLIMÁTICOS

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En el marco del Día Internacional para la Reducción del Riesgo de Desastres, ALADYR destaca que el 83% de las emergencias en la región son climáticas. Frente a pérdidas agrícolas y energéticas históricas, la inversión en desalación y reúso de agua se consolida como una valiosa barrera técnica capaz de evitar el colapso productivo.

Bajo la premisa de que la resiliencia paga, el más reciente Informe de Evaluación Global sobre la Reducción del Riesgo de Desastres, GAR2025, planteó un llamado urgente a priorizar las inversiones preventivas. El documento demuestra que cada dólar invertido en prevención genera múltiples beneficios económicos y sociales al reducir pérdidas directas, endeudamiento y crisis humanitarias recurrentes. Entre 2001 y 2020, los costos directos por desastres aumentaron a un rango de entre 180 y 200 mil millones de dólares anuales, una cifra que asciende a más de 2,3 billones de dólares al año cuando se incorporan los impactos indirectos y ecológicos.

En este balance, las sequías representan una carga económica crítica. De acuerdo con la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación, CNULD, sus impactos alcanzan aproximadamente 307 mil millones de dólares anuales entre daños directos y costos a largo plazo, como la pérdida de medios de vida y la degradación de la tierra. Al mismo tiempo, el GAR2025 constata un aumento del 29% en la ocurrencia de sequías durante las últimas dos décadas, un fenómeno que golpea con especial dureza al sector agrícola. Entre 2008 y 2018, los países de ingresos bajos y medios-bajos sufrieron el 82% de las pérdidas agrícolas y ganaderas provocadas por la sequía. Este impacto coincide con los registros históricos de la FAO, que contabiliza 3,26 billones de dólares en pérdidas agrícolas por desastres en los últimos 33 años, lo que equivale a 99.000 millones de dólares anuales o al 4% del PIB agrícola mundial.

América Latina ante el riesgo hidrometeorológico

Para América Latina y el Caribe, la reducción del riesgo constituye una urgencia territorial inmediata. La Oficina Regional de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres, UNDRR, señala que la región es la segunda más propensa a desastres del mundo y la segunda más afectada en pérdidas económicas, con el agravante de que el 83% de estos eventos son de origen climático.

La vulnerabilidad actual se profundiza por la confluencia de amenazas hidrológicas simultáneas. En el trimestre de octubre a diciembre de 2026, el riesgo de sequía para la generación hidroeléctrica alcanza su mayor nivel a escala regional, con una probabilidad de déficit de precipitaciones del 60% y un 31,1% del territorio en alerta elevada, correspondiente a una probabilidad igual o superior al 80%. El Corredor Seco Centroamericano enfrenta condiciones persistentes de déficit hídrico de entre 89% y 92%, mientras que Brasil y Bolivia registran un deterioro marcado de sus balances hidrológicos, con incrementos de riesgo que escalan al 72% y al 66% respectivamente hacia finales de año.

A esta situación se suma la amenaza de un evento súper Niño durante el ciclo 2026-2027, catalogado por la comunidad científica con potencial de alcanzar una intensidad excepcional. Frente a esta contingencia, CAF puso a disposición 1.000 millones de dólares para mitigar impactos sobre servicios básicos de agua y energía, salud pública y seguridad alimentaria. Por su parte, la CEPAL proyecta que este fenómeno podría generar pérdidas equivalentes al 2% del PIB regional y empujar a la pobreza a 4,8 millones de personas debido a daños en infraestructura, menor productividad y alzas en materias primas.

Desalación y reúso como infraestructura fundamental de mitigación

Frente a una matriz expuesta a la variabilidad de las lluvias, la gestión del riesgo exige canalizar recursos hacia infraestructura hídrica no convencional. Como documenta la Agencia Internacional de la Energía, IEA, la desalación experimenta una expansión global acelerada que atiende distintas urgencias territoriales, desde la agricultura en el norte de África hasta el suministro esencial en 16 de los 25 territorios insulares con mayor capacidad per cápita del mundo. En América Latina, esta tecnología se consolidó como el soporte operativo de industrias estratégicas, particularmente la minería en el Desierto de Atacama.

Chile ejemplifica el alcance de esta estrategia preventiva con una cartera de proyectos de desalación y reúso que alcanza los 23.914 millones de dólares. La región de Antofagasta lidera las inversiones con 14 proyectos y 7.936 millones de dólares comprometidos, seguida por Atacama con 10 iniciativas por 3.395 millones de dólares, Coquimbo con 7 proyectos por 4.138 millones de dólares y Valparaíso con 7 proyectos por 2.971 millones de dólares. En este portafolio destacan iniciativas de gran escala como el Proyecto Aguas Marítimas Cramsa con una capacidad de 8.100 litros por segundo, el reúso de infraestructura de agua industrial de Engie Energía con 6.000 litros por segundo y Enapac de Aguasol con 3.500 litros por segundo, demostrando que es viable desacoplar la actividad productiva y urbana del régimen de precipitaciones.

La perspectiva de ALADYR

Desde la Asociación Latinoamericana de Desalación y Reúso de Agua, ALADYR, remarcamos que la sequía solo se transforma en desastre cuando no existe infraestructura para anticiparla. La evidencia regional demuestra que regenerar efluentes y desalar agua no deben encasillarse como soluciones de emergencia, sino inversiones preventivas de alto rendimiento socioeconómico que estabilizan la provisión hídrica, protegen la producción de alimentos y garantizan el suministro a las ciudades. En este Día Internacional para la Reducción del Riesgo de Desastres, el mensaje es que subestimar el impacto de la sequía perpetúa las pérdidas, mientras que invertir en tecnología de gestión hídrica no convencional construye la verdadera eficiencia y resiliencia de América Latina.