SIN UNA GESTIÓN HÍDRICA ADECUADA, AMÉRICA LATINA REGISTRA LA DIETA SALUDABLE MÁS CARA DEL MUNDO Y EXCLUYE A 181 MILLONES DE PERSONAS

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En el marco del Día Mundial de la Alimentación y del Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, desde la Asociación Latinoamericana de Desalación y Reúso de Agua, ALADYR, adviertimos que la inseguridad alimentaria y el rezago social comparten un cuello de botella común: la gestión del agua. Esta deficiencia impacta directamente en los costos de producción agrícola, elevando el precio de los alimentos en origen y consolidando a América Latina y el Caribe como la región con la dieta saludable más costosa del planeta, alcanzando 4,91 dólares diarios por persona. Actualmente, 181,9 millones de latinoamericanos no pueden costear una alimentación sana y 33 millones sufren de hambre debido a la falta de un suministro hídrico permanente y tecnificado que garantice la producción agrícola.

La raíz productiva de esta crisis radica en la vulnerabilidad climática del sector agrícola. A nivel global, el Banco Mundial constata que el 80% de la agricultura depende exclusivamente de las lluvias, lo que deja a 500 millones de pequeños agricultores desprotegidos ante sequías y precipitaciones erráticas. En contraste, la agricultura de regadío abarca solo el 20% de las tierras cultivadas pero produce el 40% de los alimentos, duplicando los rendimientos productivos. En América Latina, la actividad agrícola consume el 76% del agua disponible, pero el crecimiento económico regional no se ha desacoplado del consumo hídrico. Países como Chile, El Salvador, Jamaica y Paraguay extraen agua a un ritmo más rápido que el crecimiento de su producto interno bruto (PIB), tratando el recurso como un bien de explotación y no como un sistema que se debe gestionar y potenciar mediante fuentes no convencionales.

Paradójicamente, mientras la aridez avanza, el 54% de las aguas residuales de la región se vierte a la naturaleza sin tratamiento seguro, lo que degrada las fuentes superficiales y transfiere el costo de la contaminación a las poblaciones más vulnerables. La dependencia del clima acentúa esta fragilidad. Estimaciones de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) señalan que un evento extremo del fenómeno El Niño provocará una pérdida acumulada de al menos el 2% del PIB regional en tres años y podría empujar a la pobreza a 4,8 millones de personas adicionales al cierre de la década. Asimismo, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) identifica probabilidades superiores al 70% de sequías agropecuarias en el Corredor Seco Centroamericano, Colombia, Venezuela, Cuba, República Dominicana y Haití.

Frente a la sobreexplotación de fuentes subterráneas, la investigación científica internacional señala a la infraestructura hídrica no convencional como la solución directa para sostener la productividad. Investigadores del Instituto Zuckerberg para la Investigación del Agua explican que la fertirrigación con efluentes tratados aporta un flujo continuo de agua y suministra macronutrientes esenciales como nitrógeno y fósforo, reduciendo el gasto en fertilizantes sintéticos. Un estudio de la revista Next Research documentó que la incorporación de efluentes tratados elevó el rendimiento del maíz de 40.870 a 61.020 mazorcas por hectárea, y el del tomate de 66.900 a 79.600 kilogramos por hectárea. El modelo de Israel, donde más del 85% de las aguas residuales tratadas se destina al agro, demuestra que la circularidad hídrica sostiene la viabilidad del campo bajo condiciones de estrés extremo.

Desde la perspectiva institucional de ALADYR, erradicar la pobreza y el hambre en América Latina exige superar la dependencia del clima integrando la desalación y el reúso como pilares de desarrollo. Tratar y reutilizar el 54% de las aguas residuales que hoy se desperdician, junto con la incorporación de agua desalada en zonas de alta escasez, permitiría abastecer de agua y nutrientes a los productores, asegurar la producción de hortalizas ante las sequías y abaratar el costo de los alimentos en origen. Modernizar el campo con estas tecnologías es el paso indispensable para asegurar la estabilidad alimentaria, actuar como un habilitador social y romper la trampa de la pobreza en la región.